River lo ganó con fútbol y también con personalidad

Que vengan los agoreros, los escépticos, los que siempre sospechan de quienes se ilusionan genuinamente con lo que un partido promete. Para ellos, y para 66 mil almas que terminaron exultantes y eufóricas, y para millones de fanáticos que lo siguieron por tele, y para millones de neutrales, River e Independiente entregaron un partido vibrante, tenso, cambiante. Y que tuvo un ganador incuestionable casi de principio a fin.

Fue de River porque tuvo fútbol en Montiel, personalidad en Ponzio, búsqueda constante en Palacios y raptos de brillantez en Scocco primero, en Quintero después y en Borré casi todo el tiempo. Tres hombres que fueron más que nombres y que generaron el elogió de un público que se acostumbró a empujar y a exigir. Fútbol y coraje, en el orden que cada uno quiera.

Hay una regla no escrita, casi una obviedad, que dice que este tipo de partidos se ganan con la cabeza, claro, pero también con el corazón. Una cuestión de actitud, de carácter, imprescindible para afrontar semejantes duelos. De entrada, y por espacio de 20 o 25 minutos, sólo uno de los dos equipos recordó esa regla.

De la mano de Ponzio, con Palacios y Fernández movedizos y activos, rotando los tres de adelante, River maniató a Independiente. Y no generó situaciones de riesgo como para comprometer a Campaña, pero fue claramente superior y acumuló méritos como para ponerse en ventaja.

Los contrastes hasta allí eran notorios. Independiente no hacía pie y costará saber si fue una cuestión de carácter o una consecuencia directa de elegir planteo e intérpretes erróneos. Franco no fue central sino lateral, el chileno Silva no fue volante central sino marcador central, Bustos no fue lateral sino volante derecho, y Hernández no fue absolutamente nada.

Pero River no tradujo ese dominio ni en acciones de gol ni obviamente en ventaja. E Independiente empezó a salir. Tuvo en Benítez un hombre peligroso y a la vez esforzado. Demasiado solo, hay que decirlo, porque en el medio Domingo era el único que parecía entender lo que había en juego y Romero ganaba una y perdía la siguiente. Pero salió, y se metió en partido. Y hasta tuvo la chance de ponerse en ventaja cuando Pinola le co- metió un burdo penal a Benítez que árbitro y VAR eligieron ignorar.

Había partido, aunque el germen de la victoria estaba instalado. River era, de los dos, el que había demostrado más determinación. Y esa palabra sería clave. Todo estaban listo para un gran segundo tiempo, pero esa diferencia de actitud sería determinante. De arranque lo tuvo el ingresado Gigliotti, como para que todo hincha de Independiente se pregunte por qué su equipo había entre- gado 45 minutos,. Y lo que no hizo Gigliotti lo hizo Scocco en la jugada siguiente. Nacía otro partido.

Un ida y vuelta entre un equipo herido y obligado a mostrar ese fútbol que indudablemente tiene y otro decididamente dispuesto a no ceder la iniciativa. Empató la visita con una guapeara de Gigliotti, un error de Armani (alguno tendría que tener alguna vez) y un toque corto de Romero. Y desniveló River con la categoría de Juanfer. Ida y vuelta. Ataques y contras. Partidazo.

Hubo cambios que modificaron esquemas pero no ambiciones. Hubo imperfecciones, arrestos individuales, un público que empujaba pero no disimulaba la tensión. Una chance de Romero que besó el travesaño. Se olía el tercer gol de River en una contra, con un rival herido y abierto. Pero había peligro en cada ataque rojo.

Lo liquidó River, finalmente. Aquella convicción del arranque merecía ese final a toda orquesta. Ese River prepotente del comienzo, el mismo que vapuleó en el mismo escenario a Racing y que sorprendió en su casa a Boca, lo terminó encontrando más tarde, acaso confirmando que le sobran argumentos. Que a su coraje y a su temple sabe agregarle destellos mágicos y apariciones oportunas.

Lo sufrió este Independiente que terminó superado. Que, como en Avellaneda, regaló al menos media hora. Que pudo descontar al final -penal de Armani a Meza-. Y que, como River, también tiene con qué. Aunque a veces navega entre tantas cavilaciones que cuando encuentra su mejor versiñó y se decide a ir a buscarlo es definitivamente tarde.

Canta el Monumental. Delira con Gallardo. Y le apunta a Boca. Sueña con una final de América en la que poder extender su nueva costumbre.

Está en estado de gracia, River. Se siente invencible. El equipo y su gente. Semejante convicción, a veces, resulta determinante. En el marco de un partidazo de esos que espantan agoreros, lo dejó bien claro.Está en estado de gracia, River. Se siente invencible. El equipo y también su gente.

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